Cosas de la semana #2

La selección de esta semana empieza con una muestra del trabajo de Jack Hudson. Jack vive en Bristol y desde allá hace ilustraciones increíbles para medios impresos pero también para sitios web o aplicaciones para iPad. En su portafolio hay mucho más para ver.

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Las fotos de bolsillo

Contrario a lo que deben pensar los puristas, a mí me parece emocionantísimo que uno pueda andar por ahí con un un teléfono que hace mil cosas pero que además puede tomar fotos decentes. No me interesa hablar de “periodismo ciudadano” aunque sí, esa resulta ser una consecuencia poderosa. Me gusta poder registrar y compartir una imagen de lo que sea en cualquier momento y me gusta todo lo que eso representa.

Sin embargo hay un detalle menor que me frustra. Siento que entre la enorme cantidad de aplicaciones de fotografía que uno puede instalar en un smartphone, hace falta una en la que todos los participantes puedan jugar en “igualdad de condiciones”. Todo el mundo entra y acepta la condición de que lo único que lo hará destacarse entre la comunidad será su habilidad para hacer algo bueno, agarrándose de exactamente los mismos recursos técnicos que el resto. Mismo tipo de cámara, mismas opciones de filtros, etc.

La famosísima Instagram no es (por esta y por otras razones) mi aplicación soñada, y no lo digo ahora por la llegada de la versión para Android y la aparición de una cantidad enorme de fotos tomadas con las diferentes cámaras de los diferentes dispositivos que usan ese sistema. Ya desde antes de eso era común encontrarse por ahí mezcladas fotos hechas con cámaras DSLR y ópticas ultra-sofisticadas, luego procesadas y compartidas a través de la misma plataforma.

Yo pasé por Flickr, donde las celebridades de la comunidad suelen ser quienes, además de una dosis mayor o menor de talento, tienen mejor equipo. De vez en cuando se destaca por ahí algún fotógrafo básico y recursivo, pero eso es siempre una rarísima excepción. Flickr sigue siendo una comunidad maravillosa, e Instagram también tiene lo suyo. Solo digo que estaría bien, para variar, que exista (como una opción nada más) un espacio en el que uno pueda participar por “ligas” y ver qué están haciendo los demás con las mismas herramientas que uno tiene. Jugar a ser mejor, no mediante la actualización de hardware sino mediante el verdadero crecimiento y el desarrollo de la sensibilidad, de un mejor ojo o un mejor sentido de la oportunidad. Creo que sería divertido.

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Nueva York – 6am

Durante mucho tiempo tuve sueños con viajes. Eran como pesadillas recurrentes donde la historia era que yo viajaba a una ciudad y tenía que volver inmediatamente, sin llegar a poner ni un pie por fuera del aeropuerto. Los recientes viajes de trabajo se han sentido un poco así. Dos días entre aeropuertos, aviones, escalas, aviones, aeropuertos y dos días trabajando en una ciudad que normalmente, con tiempo suficiente y con la compañía correcta sería el escenario para un viaje buenísimo. Lo que sigue en esta entrada es una forma de hacer que dos dias de trabajo no se queden en solo trabajo. Hacer recuerdos por fuera de una oficina a punta de fotos, no importa que sean tomadas a las seis de la mañana.

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Volver al blog

Cambié de teléfono hace poco y lo primero que descubrí fue que en el nuevo todo abre rapidísimo. Bajé una cantidad de aplicaciones y luego me puse a organizar los íconos de las cosas que uso con frecuencia para poder tenerlas a la mano cada vez que haya un par de minutos libres. Leí twitter, vi fotos, jugué algún jueguito casual tantas veces como fueron necesarias para aburrirme.

Entonces pensé en gastar ese tiempo leyendo. Leer siempre es bueno para la mente y es bueno para el alma. Pero no sabía qué ni como. Entonces me acordé de todos esos blogs que habían quedado enterrados en mi cuenta de Google Reader. Yo dejé ese hábito de leer blogs con juicio por dos motivos: el primero Twitter y el segundo, la terrible experiencia de usar Google Reader. No sólo limitado en muchos sentidos, sino cada vez más raro, cada vez más lento.

Pensé que sería buenísimo que alguna de las 100 aplicaciones en mi nuevo teléfono me dejara leer los blogs que ya me gustaban y algunos descubiertos en un pasado más reciente y que había estado siguiendo principalmente por Twitter. Entonces encontré Reeder, que es como la cara amable de Google Reader. Se alimenta de él, de su estructura y de sus suscripciones, pero se ve bien y funciona mejor. Es rápido, limpio, organizado y tiene una cantidad tremenda de opciones para hacer cosas con los artículos que uno ha leído (compartir, mandar a otros programas, etc). Tiene otra ventaja grande y es que existe una versión para Mac, así que lo que no leo en el teléfono lo leo a la hora del almuerzo o tarde en la cama.

Llevo una semana leyendo, organizando, borrando blogs que dejaron de existir o que dejaron de interesarme. Una semana redescubriendo dibujitos y fotos de todos esos blogs de diseño que ya rara vez veía. Volví a leer con juicio a Javier, a Sergio, a Vega y a otra gente un poco más lejana. Me encontré con que mi propio blog seguía ahí, más muerto que dormido. Y por eso hoy me senté a escribir otra vez. No porque tuviera algo tan importante que decir, sino porque la sola nostalgia me obligó a volver. Necesito tener, al menos preventivamente, un espacio así para cuando haga falta escribir algo que exceda los 140 caracteres.

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Cosas de la semana #1

Empiezo la selección de esta semana con algo del trabajo de Brent Schoepf. Vale la pena darle una mirada a su photostream en Flickr, donde presenta experimentos que van desde la pintura hasta la fotografía, pasando por unos interesantes puntos intermedios.

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Fotos de gente

Me gusta tomarle fotos a la gente pero le tengo miedo a la reacción. Caminando por Cartagena vi a estos viejos haciendo visita en un andén y se me ocurrió que estarían más dispuestos a posar para un extranjero. Entonces me paré en la mitad de la calle, me quedé mirándolos y mientras hacía un gesto con mi cámara les dije “disculpa” en un español voluntariamente mal pronunciado. Aceptaron a medias y tomé la foto. Luego cuando la ví no me gustó pero eso no es lo que importa. Aparte de esta, otras fotos de ese fin de semana, después del salto.

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El perro del mar

Hace dos años pasamos unos días en La Paloma (Uruguay). Esa tarde caminamos por la playa, guiados por este perro que no se despegó para nada. Como nadie nos presentó, lo llamamos Satanás. Él estuvo de acuerdo.

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Apuntes

Mis libretas de apuntes siempre han sido una vergüenza y esto es por tres motivos bien identificados: 1) mi letra es horrible; 2) mis dibujos son horribles; 3) no sé tomar apuntes.

No tengo la capacidad para decidir qué dato es digno de espacio y no sé cómo registrarlo, cómo posicionarlo con respecto a los otros datos, a qué nivel ubicarlo. Pierdo minutos pensando si el bullet correcto es un número, un asterisco, un guión o un punto. El resultado es un desastre imposible de interpretar. Por otro lado, hay gente con talento en esta materia. Estructuran la información como si tuvieran claridad de la informacióm que viene y hasta tienen tiempo para hacer comentarios ingeniosos al margen y garabatear cosas preciosas alrededor. Hay unos que hacen del apunte un arte y escanean orgullosos sus Moleskines. Yo no tengo lo que hace falta para comprarme una Moleskine. Vergüenza me daría de ponerle un punto encima a una libreta de esas.

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Jorge Drexler

Este fin de semana pasó por acá Jorge Drexler y fuimos a verlo desde la primera fila del -aún con olor a nuevo- Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo. Trato de recordar cuándo fue la última vez que me senté en la primera fila de algún sitio. Habrá sido en el colegio, y eso no como ningún tipo de privilegio, sino porque las cosas allá siempre funcionaron por estricto orden de estatura.

Con respecto a Drexler, mi posición en los últimos días había sido ‘moderadamente escéptica’ pero para el final del concierto las condiciones habían cambiado notablemente y negarse a la reconciliación hubiera sido más bien estúpido. Entonces quise invitarlo a mi casa, contarle cómo es que sus canciones son en parte responsables de mi relación sentimental actual  y decirle que si un día conocimos Uruguay fue nada más que por su culpa; quise sentarlo en la silla de colores, prenderle la lámpara de luz bonita, servirle un vino tinto y ponerlo a ver mis fotos del Cabo Polonio y La Paloma al ritmo de un puñado de mp3 de Chico Buarque o Tom Jobim.

Luego pensé que no, que lo mejor sería mantener la distancia, agarrar a Nanda de la mano, bajar al parqueadero y devolvernos al apartamento. Tal como habíamos venido, pero ahora con toda esa música inevitablemente pegada en la cabeza.

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La ola celeste

La última vez que hablé con Ana traté de hablarle de música, de trabajo, de política, pero ella sólo tenía cabeza para pensar en fútbol. Me habló de cómo estaba el ambiente en Montevideo previo al Uruguay-Ghana, de cómo las oficinas habían modificado sus horarios y de su dilema entre ver el partido en casa o en Plaza Independencia. Entonces me acordé de la histeria colombiana, de las celebraciones con harina, de la burbuja del 5-0 y desistí. Me despedí, deseándole suerte para el partido y pidiéndole que tomara fotos de los festejos. Esta de arriba no sólo es mi favorita sino que fue la única que no le salió movida.

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