
Ir en bus de la casa a la oficina todos los días me toma algo más de una hora normalmente. Algo más de tres cuando se me queda el iPod y algo más de cinco cuando se me queda el iPod y en su lugar hay vallenatos. Busco siempre ir sentado del lado de la ventana y si me dejan elegir, prefiero el lado occidental del bus para evitar el sol, que a esa hora no me hace nada bien. En el tiempo que dura el recorrido llego a tener hasta cinco compañeros de puesto. Me los cambian como diapositivas de Powerpoint sin darme tiempo de que les ponga mucho cuidado.
Me distraigo con lo que pasa afuera: hay una mujer joven, arregladita porque es viernes. Tiene pinta de ser “asistente de…” o “supervisora de…” o “asesora de…”. Mira desde el otro lado de la calle y sigue con la cabeza el bus que se le escapa. Va tarde para la oficina, parece. “Jueputa!” alcanza a decir. Uno puede no saber leer los labios pero aún así darse cuenta en el silencio y a lo lejos cuando alguien pronuncia la palabra con “j”. El movimiento de los labios es único e inconfundible en casos como este y cuando Leider Preciado hace un gol por televisión.
Por la 116 hay una viejita en sudadera paseando a un french poodle o un french poodle paseando a una viejita en sudadera. Es difícil notar la diferencia de roles y lo único que se sabe a ciencia cierta es que hay una correa rosadita que une a la señora con el animal y viceversa.
En la 100 con Av. Suba están de nuevo los Wonder Bros y yo extraño mi cámara. Un par de veces me he sentido tentado a bajarme del bus a tomarles una foto. Son cinco hermanos negros haciendo malabares en el semáforo que se toma su tiempo en cambiar de rojo a verde. Los hermanos menores se montan en los hombros de los hermanos mayores formando pirámides humanas. Juegan con cuchillos y se lanzan objetos prendidos en fuego, todo sin aflojar ni por un momento esa sonrisa blanca perfecta envidiable. Terminan la rutina, hacen un gesto de reverencia con desgano y es su papá quien pasa de carro en carro recogiendo las monedas que quieran dar. Son como una versión criolla de los Jackson Five, con el papá explotador y todo.
Me bajo del bus y como siempre, el señor de los aguacates llegó más temprano que yo. Cuando paso por el lado veo como los saca de un guacal y los acomoda en una carreta que hace las veces de exhibidor. Me deja con las preguntas de siempre: ¿Quién necesita un aguacate a las 8:30 de la mañana? ¿a qué sabrán unos huevos con aguacate?

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