Entro a un edificio de oficinas, dejo un documento, me dan mi ficha de visitante, camino hacia el ascensor, entro, las puertas permanecen abiertas todavía y veo que viene corriendo una niña linda hacia el ascensor. Yo soy todo un caballero, asi que me parece un lindo detalle presionar el botón para mantener las puertas abiertas (<>) para que la niña en cuestión alcance a subir, cosa que al menos me de las gracias.

Y entonces, por error, por cosas del destino o porque definitivamente como dice mi papá, soy descaradamente torpe, presioné el botón que estaba justo al lado (><) y vi como las puertas se cerraban a centímetros de la nariz de la niña de mis sueños.

Cuando caí en cuenta de mi error, presioné tres veces el botón para abrir las puertas de nuevo, pero ya fue demasiado tarde. Solo quedamos: yo, el ascensor que decía soportar el peso de 8 personas y y por supuesto, de pared a pared y del piso hasta el techo, un espejo enorme que me repetía con lástima: “idiota”.