Zapatos viejos

Despertarse un día con una sola idea en la cabeza: “estos zapatos están muy viejos, ya vengo, voy a colgarlos de un cable”.

Admirable la precisión. Imagine la aerodinámica extraña, amorfa y sospechosa de un par de zapatos medio acabados. Podrá adivinar con facilidad que el vuelo de este par de objetos, amarrados el uno al otro, no es tan predecible como sería, por ejemplo, el de una pelota de tenis o el de un papel arrugado camino a una papelera.

Admirable la decisión. Ya sabemos lo difícil que es, en circunstancias normales, despedirse de unos zapatos viejos, no importa cuán rotos, desteñidos o despegados estén. Siempre hay un argumento válido para darles una temporada más en el fondo del armario: “deje que a mí me sirven para cuando pintemos la casa” ó “qué me los va a botar, si esos yo los uso para jugar micro”.

Admirable el método. Una cosa es el desprendimiento emocional del calzado y otra diferente es decidir qué se hace con ellos. Lo que cada uno hace con sus zapatos viejos define la clase de persona que es. El práctico lo hace de un tirón: cierra los ojos y deja el par de zapatos en el fondo de la basura sin mirar atrás. Está el caritativo, más dado a acordarse del hijo de esta señora que no tenía cómo comprar unos zapatos para jugar por las tardes después del colegio. El caritativo mira a quién y hace el bien.

Pero el héroe es el poeta. Él calcula el peso, imagina la parábola, lanza y acierta y lo hace parecer simple aunque sea complejo (o al revés). El poeta piensa en el reto mental que le plantea su acción al conductor o al transeúnte. Uno, el transeúnte común, descubre el par de zapatos colgando y se va tranquilo. Sigue viviendo con la idea de pensar que en cada cuadra de cada barrio donde haya un par de postes y un cable atravesando una calle, puede haber una persona con una visión diferente de la vida. Alguien con ganas de darle la vuelta a cada cosa que hace, no importa que se trate nada más de un par de zapatos.

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