Jorge Drexler

Este fin de semana pasó por acá Jorge Drexler y fuimos a verlo desde la primera fila del -aún con olor a nuevo- Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo. Trato de recordar cuándo fue la última vez que me senté en la primera fila de algún sitio. Habrá sido en el colegio, y eso no como ningún tipo de privilegio, sino porque las cosas allá siempre funcionaron por estricto orden de estatura.

Con respecto a Drexler, mi posición en los últimos días había sido ‘moderadamente escéptica’ pero para el final del concierto las condiciones habían cambiado notablemente y negarse a la reconciliación hubiera sido más bien estúpido. Entonces quise invitarlo a mi casa, contarle cómo es que sus canciones son en parte responsables de mi relación sentimental actual  y decirle que si un día conocimos Uruguay fue nada más que por su culpa; quise sentarlo en la silla de colores, prenderle la lámpara de luz bonita, servirle un vino tinto y ponerlo a ver mis fotos del Cabo Polonio y La Paloma al ritmo de un puñado de mp3 de Chico Buarque o Tom Jobim.

Luego pensé que no, que lo mejor sería mantener la distancia, agarrar a Nanda de la mano, bajar al parqueadero y devolvernos al apartamento. Tal como habíamos venido, pero ahora con toda esa música inevitablemente pegada en la cabeza.

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