Recuerdo que sólo una vez viajé a los Estados Unidos. Una semana antes estaba recibiendo una invitación para la Veinticuatroava Convención de Fans de Cucharas para Servir Helado. Como muchos de ustedes saben, yo me derrito por las cucharas para servir helado y si había dejado de asistir las 23 veces anteriores fue sólo porque ese día habían atropellado a mi gato y yo quería mucho a ese gato porque no todos los días uno tiene un gato de 23 vidas.
Pero esta vez no había gato y yo estaba más que expectante por ver lo que la tecnología le deparaba este año al sector de las cucharas para servir helado. Lo siguiente fue reunir el dinero, hacer mi reservación, alistar mi equipaje y salir hacia el aeropuerto.
Un par de horas más tarde todavía estaba pisando suelo americano, sólo que un poco más al norte de lo acostumbrado. Tomé un taxi manejado por un marroquí llamado Hakim que hablaba la mitad de las cosas en un marroquí agringado y la otra mitad en un inglés amarroquinado con el cual no tuve problema dado que yo lo que sé de inglés lo aprendí viendo películas marroquíes dobladas al inglés y con subtítulos en español. Durante todo el trayecto hablamos de cualquier cosa mientras mirabamos con asombro los enormes rascacielos. Yo miraba con asombro que él pudiera conducir y mirar rascacielos con asombro.
La primera gran diferencia que noté estando en el hermano país fue el sistema de medidas. Entre el aeropuerto y el hotel había unas 46 canchas de futbol y la noche de hotel costaba 5,5 hamburguesas de McDonalds. El tipo que ayudó a subir mi equipaje me cobró un recargo en la propina porque mi equipaje pesaba una trescientosveinticuatromildoscientosveintidosava parte de un elefante acostado. El sindicato es muy estricto con esa regla que exige cobrar un recargo cuando el peso neto del equipaje rima con Zastava. Allá la gente se toma muy en serio los sindicatos y las reglas y sobretodo los recargos. Para la muestra un botones.
Ese día estaba cansado así que decidí quedarme en mi habitación viendo televisión. Sólo pude encontrar un par de accidentes de tren y doce películas en blanco y negro. Me quedé dormido.
Al día siguiente el reloj despertador sonó a las tres de la mañana y yo tomé eso como una señal de que las cucharas para servir helado eran obsoletas y que tenía que volver a mi casa a inventar un tenedor para servir helado. Me vestí muy rápido y salí del hotel. Justo en frente había un taxi pero de la nada apareció una señora gorda cargada de paquetes y me lo arrebató. Traté de tomar uno yo mismo ahi en la calle pero no sé chiflar en inglés.
Al final decidí simplemente irme caminando. Recorrí cada una de esas 46 canchas de fútbol que tenían inexplicablemente enfiladas una tras otra desde el hotel hasta el aeropuerto y viceversa. Por el camino me encontré un indigente que llevaba un carrito de mercado con bolsas de papel llenas de panes y espinacas. Me sentí mal por el tipo, pensé que eso no es calidad de vida y le regalé las 76 hamburguesas que me quedaban en la billetera. El, agradecido, me montó en su carrito y me llevó el resto de camino.
Llegué justo a tiempo para el primer vuelo de vuelta. Cuando traté de subir al avión me detuvieron por cargar elefantes en pedacitos en mi equipaje de mano, pero esa es una historia más larga.

Un comentario
acadavid
01|Jan|2008 1Jajaja.. es sencillamente increible la forma en que escribis.. tenes una gracia infinita, que gran blog!
Éxitos.
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