Gustavo Gallego era el encargado de la compra de materiales en la empresa de señalización urbana que había ganado la licitación de la Secretaría de Obras Públicas para un contrato millonario para pintar flechas, círculos, cruces peatonales y hasta muñecos de bolita y palito en el asfalto de un 82% de las calles de la ciudad. Del 18% que quedó por fuera del proyecto, un 12% estaba representado por calles que en lugar de asfalto estaban hechas de tierra y piedritas y por ultimo un 6% conformado por calles que ya estaban pintadas con una paloma de la paz o una campana navideña.
Gustavo sabía que en ese negocio había plata, y sabía como hacer alcanzar el presupuesto para comprar una cantidad mínima de pintura de tráfico pesado y además encargar un cargamento de pintura barata que venía en un barco desde la china en tres convenientes colores: blanco, amarillo y gris (que servía como corrector). Si bien la pintura china no era de tráfico pesado, tenía la ventaja de que los obreros que la utilizaban se podían lavar muy fácil las manos, casi sin necesidad de usar disolventes, lo cual redujo los gastos y dejó un espacio en el presupuesto para hacer realidad el sueño de la señora Gallego de decorar todas las paredes de su casa con cerámicas de payasos tristes.
Adalberto González había sido obrero de toda la vida, hasta donde su memoria le permitía recordar. Su padre fue obrero y su abuelo fue obrero. El orgullo de la familia era justamente una foto del viejo Alistarco González puliendo las cerámicas españolas que hoy forran el suelo de la iglesia de Lourdes. Adalberto era pues, un convencido de su trabajo. No era una obligación, era una tradición. Había caído casi por casualidad para este trabajo de señalización publica por recomendación de un hermano, quien certificó su honestidad y buena fe, además de su especial talento con la brocha gorda.
Era su segunda semana de trabajo y la verdad no estaba del todo contento con el trabajo. Toda la primera semana no hizo más que pintar un par de flechas y veintidós cuadras de separadores de carril de acuerdo con la técnica occidental que dicta pintar rayita si - rayita no - rayita si - rayita no, contrario a como lo hacen en paises como Singapur o Tailandia, donde se inclinan más por la metodología rayita no - rayita si - rayita no - rayita si.
Era lunes y don Marcial, jefe directo de Adalberto, decidió encargarle retos mayores para esta semana que recién empezaba: Adalberto pintaría cruces peatonales (o cebras, en lenguaje normal). Esto lo motivaba pero no del todo, su meta era llegar a pintar muñequitos bolita y palito montados en bicicleta, o en el peor de los casos muñequitos bolita y palito con una lonchera en la mano. Sentía que tenía el talento para eso pero también sabía que debía empezar de abajo.
Le encargaron pintar 85 cruces peatonales en dos semanas. El no sabía mucho de matemáticas pero era un tipo organizado y sabía como usar una calculadora: dividió 85 entre 2 y asi supo que tenía que hacer 42.5 cebras por semana. Luego dividió esta cifra entre 5 y supo que para cumplir la meta, debía pintar ocho cebras y media cada dia. Fue por eso, que ese dia, lunes, con la semana por delante, pintó ocho cebras completas y una hasta la mitad de la calle y se fue para su casa, esperando llegar al dia siguiente y pintar la media restante y ocho más.
Carlos Vergara era un oficinista normal. Había tratado de ser un contador independiente pero el necesitaba horarios, señales, avisos, flechas que le indicaran por donde seguir, necesitaba reglas y el estricto ambiente corporativo de la empresa multinacional donde trabajaba le brindaba un entorno hecho de caminitos invisibles que mandarían el curso de su vida mientras trabajara allí. Era lo que se dice un tipo psicorrígido.
Ese día acabó un informe para su jefe. Hizo unas gráficas en Excel, donde apareció un clip animado que le aconsejaba usar graficas de barras en lugar de las de pastel y lo hizo. Luego de eso, envió eso por mail a su jefe, con copia al director de su departamento. Al apagar el computador el antivirus mostró una alerta que ordenaba ser actualizado inmediatamente. Obediente, Carlos hizo clic en aceptar y esperó 47 minutos a que el programa hiciera lo que fuera que tenía que hacer. Luego apagó el computador, le puso los forros, apagó el estabilizador, desconectó la cafetera, cerró la persiana, caminó hacia el ascensor y salió de su oficina.
Caminó por el costado derecho de cada andén hasta llegar a la avenida, donde tenía que cruzar la cebra para coger bus para su casa al otro lado. Tan pronto como el semáforo pintó un personaje de color verde, puso un pie abajo del andén y dio pasos por encima de la cebra hasta que en un punto descubrió que no había más cebra y casualmente todavía estaba a la mitad de la calle. En ese punto se detuvo, miró a ambos lados, miró para arriba y para abajo buscando tres o cuatro franjas blancas que le permitieran llegar al otro lado, tuvo tiempo de preguntarse cómo era que eso había ocurrido y finalmente sin saber cómo proceder se sentó a esperar su muerte, que no tardó más de uno o dos segundos.

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