Ya todos nos habÃamos dado cuenta de que Oscar no querÃa seguir estudiando PsicologÃa, asi que un dÃa, porque era mi amigo y porque me preocupaba la situación y porque mi imposibilidad fÃsica de sonreÃr me hacÃa encargado implicito de hablar los temas serios, lo invité a la cafeterÃa para hablar (seriamente) con él.
El pidió café y yo un pastel Gloria, que es buenÃsimo en momentos como este. Entre pedazos de hojaldre que volaban aleatoriamente desde mi boca hasta sus ojos, orejas, fosas nasales, le dije, palabras más palabras menos, que a mi no me dijera mentiras, que yo ya sabÃa que él no querÃa seguir estudiando.
Él no pudo evitar arrugar cada uno de los rasgos de su cara como poniéndose en modo sorpresa. Cuando se repuso, me preguntó cómo era que me habÃa dado cuenta.
Lo miré como quien mira y dice la verdad. Le dije que habÃa sido por la forma en que ubicaba de manera alineada cada una de las yemas de los dedos de su mano derecha al agarrar la taza de café para dar un sorbo.
Nunca le dije que el detalle definitivo habÃa sido su ausencia durante las cuatro semanas anteriores, como en un último intento de convencerlo de que la PsicologÃa servÃa para algo.

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