
Otra vez de noche en la oficina. Me lo repito como un mantra y casi hasta me hago un post-it que diga “si llego temprano es para no salir más de las seis” pero hoy las razones para quedarme son otras. La importante es que está lloviendo como acostumbra llover en Bogotá cuando es Halloween o Dia de las Velitas o cuando el calendario presiente que se va acercando a cualquiera de esas dos fechas.
Odio la lluvia vista desde abajo pero también de lado e incluso a través de una ventana. Opino que nadie debería verse obligado a caminar bajo chorros de agua que caen como caprichosamente del cielo y me declaro incapaz de llamar a la tienda del barrio a que me traigan la leche y los huevos del desayuno mientras afuera está cayendo un aguacero.
Hoy, sin embargo, hay un airecito a tristeza que da como para salir caminando hasta Transmilenio (despacio como si no me importara) y dejar que me caiga encima el agua que me tenga que caer, pero al final no me animo. Supongo que hace falta ser un tipo más existencialista y oscuro, músico de pronto, gótico tal vez. O de repente tener más ropa de lana y al menos uno o dos discos de Silvio Rodríguez…
La sola idea me aterra. Hoy mejor pido taxi.

Ir en bus de la casa a la oficina todos los días me toma algo más de una hora normalmente. Algo más de tres cuando se me queda el iPod y algo más de cinco cuando se me queda el iPod y en su lugar hay vallenatos. Busco siempre ir sentado del lado de la ventana y si me dejan elegir, prefiero el lado occidental del bus para evitar el sol, que a esa hora no me hace nada bien. En el tiempo que dura el recorrido llego a tener hasta cinco compañeros de puesto. Me los cambian como diapositivas de Powerpoint sin darme tiempo de que les ponga mucho cuidado.
Me distraigo con lo que pasa afuera: hay una mujer joven, arregladita porque es viernes. Tiene pinta de ser “asistente de…” o “supervisora de…” o “asesora de…”. Mira desde el otro lado de la calle y sigue con la cabeza el bus que se le escapa. Va tarde para la oficina, parece. “Jueputa!” alcanza a decir. Uno puede no saber leer los labios pero aún así darse cuenta en el silencio y a lo lejos cuando alguien pronuncia la palabra con “j”. El movimiento de los labios es único e inconfundible en casos como este y cuando Leider Preciado hace un gol por televisión.
Por la 116 hay una viejita en sudadera paseando a un french poodle o un french poodle paseando a una viejita en sudadera. Es difícil notar la diferencia de roles y lo único que se sabe a ciencia cierta es que hay una correa rosadita que une a la señora con el animal y viceversa.
En la 100 con Av. Suba están de nuevo los Wonder Bros y yo extraño mi cámara. Un par de veces me he sentido tentado a bajarme del bus a tomarles una foto. Son cinco hermanos negros haciendo malabares en el semáforo que se toma su tiempo en cambiar de rojo a verde. Los hermanos menores se montan en los hombros de los hermanos mayores formando pirámides humanas. Juegan con cuchillos y se lanzan objetos prendidos en fuego, todo sin aflojar ni por un momento esa sonrisa blanca perfecta envidiable. Terminan la rutina, hacen un gesto de reverencia con desgano y es su papá quien pasa de carro en carro recogiendo las monedas que quieran dar. Son como una versión criolla de los Jackson Five, con el papá explotador y todo.
Me bajo del bus y como siempre, el señor de los aguacates llegó más temprano que yo. Cuando paso por el lado veo como los saca de un guacal y los acomoda en una carreta que hace las veces de exhibidor. Me deja con las preguntas de siempre: ¿Quién necesita un aguacate a las 8:30 de la mañana? ¿a qué sabrán unos huevos con aguacate?

Parece que nadie pudo poner un comentario para avisar que los comentarios no estaban funcionando. Pero nada, ya se han hecho los arreglos del caso, así que cuando quieran son ustedes libres de aportar lo que consideren necesario.

Había leído hace rato que las mariquitas tienen siete manchas y que esa es una de las verdades invariables de la naturaleza como que los perros tienen dos orejas y las arañas ocho patas. Yo busco fotos y escarbo jardines y cuento pepas y siempre veo más de siete o a veces menos de siete pero nunca exactamente siete. Y cuento de nuevo porque quiero creer que la naturaleza en pleno ejercicio de su sabiduría se levantó un día con ganas de dictar “he de poner siete manchas en cada mariquita de aquí hasta la eternidad y le va la madre al osado caprichoso que le ponga una de más o una de menos”. Quiero creer que esa verdad como todas las verdades se cumplen y que si las mariquitas de nuestros días parecen tener más de siete manchas es porque el hombre es osado y caprichoso y la ciencia poderosa; y que lo único que podría explicar la existencia de mariquitas con más de siete manchas es la alteración genética, como si inventar mariquitas de nueve manchas fuera a curar el cáncer.
No tengo muy claro si con 41 años todavía se le puede decir niño genio, pero que al menos el calificativo sirva para dar una idea. A Ben Folds lo conocí escuchando radio hace años, cuando el hit baladoso del momento era una canción de su grupo Ben Folds Five llamada Brick, que hablaba de una pareja de noviecitos que sin querer quedaron embarazados y luego de un aborto todo se les fue para el carajo. La historia que era mejor un chisme, vino a tener sentido años más tarde cuando el cine sin subtitular y otras canciones mejoraron mi comprensión del inglés. Esta canción, tan taquillera ella con su música derretidora de corazones, le costó al quinteto perder un montón de fans (aparentemente los que tenían más plata) hasta que Ben Folds Five como tal dejó de existir y en adelante Ben Folds se convirtió en solista.

Dado que el tipo es principialmente un piano-man y además porque usa gafas y la gente es muy prejuiciosa con esas cosas, podrían muchos decir que es un músico blando o clásico o convencional. Por suerte él se encarga de que uno no piense eso porque no es así en absoluto. Como si realmente tuviera esa idea en mente, colecciona y exhibe experimentos grandes y pequeños que a mí me impresionan y que si bien no son hazañas, al menos son gestos divertidos que hacen que el personaje detrás de ese piano sea diferente a cualquier otro personaje detrás de cualquier otro piano, y eso es algo que uno a veces agradece.
Un ejemplo puede ser el cover de Such Great Heights de The Postal Service. Esta canción se había hecho famosa por ser parte del soundtrack de Grey’s Anatomy y aparentemente a Ben le gustaba mucho. Un día lo invitaron a un programa de televisión australiano donde lo iban a entrevistar y como parte de eso tenía que tocar un par de temas ahí en vivo. Lo que él no tenía muy claro y que supo apenas diez minutos antes de empezar, era que uno de esos temas debía ser un cover.
Entonces, como negarse no era una opción (porque negarse no es un gesto divertido), improvisó. Escogió la canción más escuchada de su iPod (que era justamente la de los Postal) y en cinco minutos logró la armonía en el piano. Pero le sobraba tiempo. Entonces agarró un par de vasos, recipientes plásticos, platos, cucharas y un destornillador. Luego mas o menos llamó a unos señores que atravesaban el pasillo con unos rollos de cable al hombro y con eso armó la percusión (con los señores. los cables se quedaron afuera). Luego le dió play a todo el cuento y lo que pasó después queda en el video.

Y si el blog tiene algún problema con eso de que este post no tenga aparentemente nada que ver con nada, pues que se aguante, que al fin y al cabo, él tiene bastante responsabilidad en el tema.
24 Aug
Posted by: Juan Diego in: Ciudad, Desarrollo web, Personal, Recomendaciones, Web 2.0
Transmilenio puso en funcionamiento hace poco un mapa interactivo del sistema, donde, desde el sitio web oficial el usuario introduce una estación de origen, una estación de destino y la hora en la que planea hacer el viaje. Usando esta información, el sistema devuelve al usuario una serie de posibles rutas ordenadas de acuerdo a la cantidad de paradas que implica cada una, de menor a mayor.
Sin embargo, existía desde antes un sitio que prestaba el mismo servicio de manera más intuitiva y más rápida, con una interfaz que hacía uso inteligente de cuadros de diálogo generados en vivo por medio de Ajax. La apariencia tanto de la interfaz como la del sitio eran bastante mejorables, pero el problema real de esta opción siempre fue que estuvo oculta a casi todo el mundo, enterrada en el sitio de Ciudad Móvil S.A., empresa privada administradora de TM.

Aún cuando en la página de Transmilenio la herramienta ofrece más información (sitios cercanos, alimentadores) yo sigo usando la opción de Ciudad Móvil porque funciona mucho más rápido y me queda un par de clics más cerca. Pero seguramente, al dejar de ser una herramienta indispensable (ante la existencia de la nueva) entrará en desuso y sufrirá por falta de mantenimiento llegando a situaciones como que por ejemplo las nuevas rutas dejen de ser ingresadas al sistema.
Preocupa en todo caso la posibilidad de que hayan trabajado el doble, haciendo dos herramientas parecidas para el mismo fin. Sin embargo, la idea es buena y es algo que debimos tener incluso desde la llegada de Transmilenio a Bogotá. ¿Será posible unificar las dos herramientas conservando lo mejor que tiene cada una? ¿Se les ocurrirá aprovechar la plataforma ya existente y hacer cosas interesantes como la implementación de kioskos virtuales en portales y estaciones?
Cuando empezaba a diseñar el template para el blog de la clienta más exigente ever, empecé viendo imágenes en Today’s Inspiration, un blog que recoge recortes de revistas y libros viejos. Pasando páginas me encontré esta joya que me llevó al borde de las lágrimas.

Pertenece al tomo 12 (?) de la enciclopedia El Mundo de los Niños. Yo tenía por supuesto la versión en español y este tomo de color verde manzana (el de “armar cosas”) me gustaba tanto que ya no me acuerdo donde está. Los demás están todavía acomodados en una biblioteca pequeña debajo de las escaleras.
El castillo que está ahi yo lo armé. No me acuerdo tan bien pero supongo que fui a la tienda del barrio y supongo que compré alguna cosa y que luego sí casualmente pedí regaladas un par de cajas de cartón.
Lo que siempre recuerda uno bien son las frustraciones, entonces me acuerdo de cosas como que el castillo no quedó ni la mitad de lo chévere que se veía en el libro y que yo no quedé ni la mitad de contento de lo que se ve el niño.
Al margen: en libros infantiles hay de todo.
”Usted se cree la Wikipedia!”
Qué moderno.
Y finalmente, luego de ignorarlo por un par de meses, caí en Facebook. Si se está haciendo la pregunta “qué es Facebook?” yo le diría que es un sitio/red social, por supuesto en Internet. Ahora, si la pregunta es “para qué sirve?” yo le diría “nadie sabe, pero nttto se preocupe, ya somos bastantes tratando de averiguarlo”.
Es que esa es la sensación que le queda a uno en el momento justo después de que llena sus datos, configura su perfil y logra contactar a un número mayor o menor de amigos.
Y luego uno queda con ganas de que la cosa sirva para algo más yyy… y uno no sabe. E igual uno le da F5 cada tanto a ver si pasó algo o si apareció algún ex-compañero del colegio. Y generalmente no pasa casi nada. Luego aparecen las aplicaciones, que son como complementos, pequeñas porciones de contenido que uno puede incrustar en su página de Facebook. Y claro, ya la cosa se pone más interesante y uno se engancha. Además de eso hay otra serie de cosas que destacaría inicialmente:
