Hay ciertas actividades para las que debo declararme inhabil. Por ejemplo, hay gente que domina la cinta adhesiva… encuentran la punta, desenvuelven el rollo un poco, cortan con los dientes y hacen bucles de cinta con dos dedos. Para mí eso es arte. Desde acá no puedo más que tener pesadillas donde muero asfixiado por buclecitos de cinta pegante.

Otro tema similar creo que es el baile. Y ahora, viéndolo mejor, podría decir que si no me gusta la música “bailable” eso es algo que tiene que ver con el hecho de que nunca aprendí a coordinar mis movimientos y no con cualquier otra razón de gusto ni porque mi manera de pensar me dijera: “no bailes aunque seas tan bueno como un campeón de salsa acrobática”. Seguro que si fuera campeón de salsa acrobática mi vida sería bien distinta, estaría probablemente sangoloteando el esqueleto en alguna discoteca en Tokio en vez de estar aquí sentado.

De todas maneras a estas alturas el baile es un tema superado. He aceptado el perderme de ciertas cosas por no saber bailar, y en cambio, he descubierto que desde la silla también se aprenden cosas interesantes. Además, debo aceptar que me encanta el papel de marginal de fiesta sentado en una esquina. Desde ahí es fácil mirar alrededor y sentirse más inteligente que los demás. Pero aceptémoslo, si no estoy bailando es porque nunca pude con los movimientos que eso implicaba…

Igual, yo quería ser el mejor programador del mundo, pero para eso se necesitaba saber de matemáticas, y yo de matemáticas no sé nada. Luego descubrí el diseño y ahi si me enamoré de todo esto, pero que quede claro que no era esa la intención inicial. Si he llegado hasta acá ha sido nada más que por el hecho de haber venido rebotando a lo largo de una serie de fracasos que se extiende desde el principio de mi existencia hasta el día de hoy, y no por otra cosa.