Mi siquiatra me dijo que tengo que dejar de ser el asocial declarado que soy. Que salude, me dice. Y si no le hago caso me da un pellizco en el brazo.
El dÃa que la conocà a ella pensé que eramos el uno para el otro. Ella también pensó lo mismo. TenÃamos una forma increÃble de delatar nuestros pensamientos con la mirada, o con carteles o con mensajes de humo escritos por avionetas en el cielo.
Y es que no eramos el uno para el otro de la forma tradicional, como un matrimonio de medicos o de arqueólogos o de organistas. Nosotros de alguna forma conectábamos a otro nivel. Y eso no era algo que funcionara en la práctica y de hecho en la práctica no funcionó y no pasó mucho tiempo antes de descubrir que ella y yo vivÃamos en dos mundos completamente distintos.
Eramos como un pez payaso y una jirafa. Si yo salÃa a la tierra no iba a ser más que un payaso seco, muerto, posiblemente frito. Ella, podÃa de vez en cuando acercarse a la playa, sumergir un poco su cabeza en el agua y una vez ahi encontrarme o no, pero como quiera que fuera, eso nunca duraba mucho.
Eso nos llevó a pensar en la necesidad de construir un mundo paralelo para los dos. En realidad, yo lo pensé primero pero cuando se lo dije a ella le encantó la idea. Los primeros dÃas fueron maravillosos, no hacÃamos más que mirarnos y congraciarnos y regocijarnos y felicitarnos mutuamente con la mirada por la gran decisión que habÃamos tomado.
Luego empezaron los problemas: ella se dió cuenta de que habÃa olvidado traer de su mundo un par de cajas de esos cereales que le gustaban tanto y que ella comÃa todas las mañanas desde que recordaba. Yo temà por el equilibrio interno de nuestro pequeño universo y sugerà que fuera aunque con dos condiciones:
- Que lo hiciera tan rápido como fuera posible. Que caminara derecho, que no mirara, que no saludara, que no preguntara.
- Que por favor, me trajera un bonbonbum, una chocolatina jet y un chocorramo. Tres cosas que antes nunca hubiera comido pero que ahora por estar lejos de casa extrañaba de una forma loca, casi mecanica.
Ella volvió no se cuantos dÃas después. Cuando uno tiene un mundo grande y un mundo pequeño es dificil hacer comparaciones de este tipo. Es como los piñones de una bicicleta: mientras uno da una vuelta el otro ya dió siete y uno no se dió cuenta. Pero bueno, para más pistas digamos que volvió en el tiempo que toma construir una cerca, plantar un nogal y abrir una lata de sardinas en salsa de tomate.
Pasaron unos dÃas más, ella comió sus cereales siempre a deshoras mientras yo, por mi lado, probaba y descartaba mis golosinas, que una a una iba comprobando que en realidad nunca me gustaron.
Luego de eso pasamos largas horas de aburrimiento. Existe una ley en el reglamento para la construcción de mundos paralelos que prohibe terminantemente la práctica de pasatiempos ya inventados en otros mundos conocidos. Esa prohibición en realidad nos dejaba muy pocas cosas por hacer, aunque por fortuna la ley desconoce como pasatiempos al sexo y otro par de actividades más.
Con el sexo nos llevábamos bastante bien hasta que empezamos a sentir que todas las formas posibles de ejecutarlo (que no requirieran involucrar pasatiempos ya inventados en otros mundos conocidos) habÃan sido ejecutadas.
Asà que bueno, con el sexo descartado, nos quedaban aún tres actividades legales que podÃamos realizar. ConstruÃmos cercas, plantamos nogales y abrimos latas de sardinas en salsa de tomate hasta que nos hartamos y fue ahi cuando llegamos al siguiente acuerdo:
Sólo por una tarde, ella invitarÃa a un amigo y yo harÃa lo propio. Cómo no habÃa mucho por hacer, ella y su amigo se decidieron por el sexo. mi amigo y yo, en cambio, preferimos abrir un par de latas de sardinas en salsa de tomate, cosa que luego él me confesó que llevaba mucho tiempo sin hacer.
Esa tarde nos dejó un par de cosas para pensar. Por un lado estaba el hecho de que en realidad abrir latas de sardinas en salsa de tomate apesta. Por el otro lado, bueno, era innegable que a ella ya no le gustaba el sexo hecho en casa y que lo preferÃa, de ser posible, importado.
Yo soy un tipo radical y tengo mi dignidad y mis principios. Le dije que lo más sensato era acabar con nuestro mundo. Ella estuvo de acuerdo y nos dispusimos a elaborar un plan para la correcta destrucción de todo el andamiaje: Yo me pedà talar todos los nogales plantados y ella se hizo un peinado ochentero.
Luego de eso no nos volvimos a ver. Es que, verán ustedes, ella no era de por acá y yo tampoco era de por allá.
El Papa murió el sábado a las 2:37. Inmediatamente en las oficinas del Canal Caracol se pusieron a maquinar un detalle espectacular digno de tan magno evento. Pusieron a la gente del noticiero a hacer pantalla toda la tarde mientras el resto del personal estaba reunido en la cafeterÃa dandole vueltas al asunto.
La solución no tardó en llegar. ¿Habrá sido idea del doctor Flores, de Olguita la de contabilidad o de Marlen la de los tintos? No lo sé. El caso es que el domingo a las 4 de la tarde ya estaban transmitiendo “El Niño y el Papa”.
Para los no iniciados, “El Niño y el Papa” es una joya del cine nacional de fines de la década de los 70 protagonizada por un niño cualquiera, Verónica Castro y el Papa Juan Pablo II. Aunque hay que aceptar que el papel del Papa es bastante secundario. Bien pudo haber sido “El niño y el Presidente Nixon”, “El niño y El Diego” o “El niño y Linda Rondstat” y con todo eso no hubieran tenido que esforzarse demasiado modificando el guión.
Como quiera que fuera, le dieron la oportunidad al Papa. Nada de dobles, nada de casting, nada de caracterizaciones complejas ni maquillaje costoso: El mismÃsimo Papa, ingenuo él, fue filmado desde que pisó suelo colombiano hasta que partió en su Papamovil hasta el aeropuerto. El hizo lo suyo, dijo lo que tenÃa que decir, fue a donde tuvo que ir, levantó la mano cuantas veces fue necesario y ni se enteró el pobre.
Ahora el hombre murió y nada que hacer, “qué pecaito” dijo mi mamá. Mi abuela le hizo el coro. A mà la verdad no me conmueve mucho pero debo decir que, a pesar de que esto era algo que se veÃa venir asà muuuy leeeento, me cayó por sorpresa. Juro que no pensé vivir para ver un cambio de Papa y no sé si el sucesor me vaya a caer en gracia tanto como el segundo.
Y es que si habÃa una vaina que tuviera sentido en la vida era que el Papa fuera el Papa tal cual lo conocimos. Y es que su imagen era de una coherencia impecable con su tÃtulo. A uno le decÃan algo del Papa y uno ahi mismo lo relacionaba. Eso, claro, ayudado por el hecho de que el hombre sà tenÃa en serio su carita como con forma de papa.
No sé a quién se le ocurrió empezar a decirle Juan Pablo a un señor con nombre de polaco, ignoro por completo si el que viene será Juan Pablo III y por supuesto desconozco cual sea el mecanismo para elegirlo.
De hecho, estoy casi seguro de que los encargados de tomar esa decisión están en el mismo lÃo. Habrán entonces de remitirse a unas viejas instrucciones plasmadas en algún viejo manuscrito escrito en algún viejo pergamino enrollado con una vieja cinta guardado en un viejo cofre depositado en un viejo baúl arrinconado en una vieja cripta enterrada en alguna vieja iglesia vigilada por un viejo guardia.. y su vieja.
