Habían pasado alcaldes de todos los partidos políticos posibles. Igual ninguno pudo dar solución antes al problema de que la gente se robaba las tapas de las alcantarillas, que por esos días eran consideradas deliciosas y que las madres por tradición horneaban con miel y mostaza a sus hijos cuando cumplían años o cuando miraban el reloj a una hora en punto.

Y no era que este gobierno recién llegado quisiera acabar con una de las pocas tradiciones que le daban un algo de pintoresco encanto a esta ciudad tan tristemente carente de gracia, sino que ya era una realidad el hecho de que las reservas de tapas de alcantarilla se agotaban y no eran una cosa que creciera en los árboles, por decir algo.

Lo sensato entonces era dejar todas las alcantarillas sin tapa, aunque eso, se sabía, tenía sus inconvenientes.

El asunto no era sólo que al no haber tapas en las alcantarillas, los cocodrilos se iban a escapar con más facilidad, sino que los vehículos que tenían que transitar por las calles llenas de agujeros negros improvisados, constantemente encallaban ahi ocasionando daños mecánicos en algunos casos irreparables y en otros costosamente reparables.

Una solución que se sugirió fue decretar que todo vehículo de ruedas debería aumentar el diametro de sus ruedas a 2x - x/2 + q/3000. donde x es el diámetro de una alcantarilla estándar y q es el precio del dolar en Bután. La medida aplicaba para buses, camiones, autos particulares, motos, bicicletas, botes anfibio, scooters, monociclos, patinetas, patines en línea, patines ochenteros, carretillas, sillas de ruedas, carritos de mercado, mesas para televisor, sillas de oficina con rueditas, carretas para cargar canastas de gaseosa y así con cualquier cosa que al ponerse sobre una pendiente de 45 grados tendiera a rodar.

Pero a pesar de lo bien estructurada que estaba esta medida, no prosperó luego de que un grupo de concejales cascarrabias calificaran de “engorrosa” la tarea de consultar el precio del dolar en un país tan lejano y de tan extraño hablar como Bután.

Optaron entonces por una segunda opción, que consistía en reducir el diámetro de todas las alcantarillas de la ciudad, disminuyendo así no solo los indices de fugas de cocodrilos y daños en los vehículos por haber encallado en una alcantarilla sin tapa, sino que también redujo significativamente el número de caídas accidentales de los niños más gorditos.

Parecía entonces todo funcionar bastante bien, pero las personas que tenían que bajar constantemente a las alcantarillas por distintas razones (limpiar un desagüe, arreglar una conexión eléctrica, buscar hamsters arrojados por el inodoro), se quejaron porque ya no podían desempeñar su trabajo por razones de peso. Se agremiaron y convocaron una huelga, una marcha y un concurso de danzas típicas africanas pero nada valió: los despidieron a todos.

En su lugar establecieron una entidad adjunta a los servicios de aseo que acertaron en llamar EHRD (Ejército de Hombres Realmente Delgados). Los hombres del EHRD quedaron encargados de realizar todas las tareas que tuvieran que ser realizadas en el subsuelo y para justificar el gasto, ocasionalmente ayudaban a alguna anciana a bajar su gato de algún árbol.

Luego estaba el asunto de que el espíritu de estos hombres era inquebrantable pero su esqueleto no tanto. Ahi abajo las corrientes cada tanto se ponían caudalosas y los tipos se quebraban con facilidad, lo cual fue trágico al principio pero luego ya no tanto.