Hoy caminaba por la calle y justo en frente de un asadero de pollos, había un tipo cubierto de peluche cosido con forma de pollo: con sus alas y su pico y su cresta. Todo peluche.
Yo pasaba y lo veía y pensaba en lo irónico de la situación. Me encontraba ante un pollo relleno de humano que dedicaba su tarde de sábado a promocionar un sitio donde la gente va a llenarse la barriga de pollo.
Luego, dado que yo cuando pienso cosas profundas camino más despacio, tuve tiempo de observar cómo en una maniobra propia de su actuación, el personaje dió un aletazo y mandó el pico a volar.
Hizo un par de intentos de recogerlo con las alas como si fueran pinzas, trató inutilmente de llamar a alguien del restaurante para que lo ayudara y puedo jurar que hasta me miró como insinuándome con esos ojos de plástico que por favor tuviera piedad de él y lo sacara del lío en el que estaba metido.
Cuando paré de reirme me levanté del andén y recogí el pico de peluche. Hice un nudo a la tira de caucho que se había roto y le puse el pico a esta prosopopeya de carne y hueso, aunque, como para aportar una nueva perspectiva, se lo puse mirando para atrás, o sea, como en la nuca.
Admiré mi obra y seguí mi camino. El tipo no dijo ni pio.
Cuando se dieron cuenta de que tenía talento para la música, le contrataron un profesor privado de piano. El, muy poco convencido, no entendía cómo respetar a un señor que nunca en su vida había tenido oportunidad de interpretar el instrumento.
