Bossa Nova es la traducción en portugués de New Wave en inglés y de Nueva Ola en español. Cada uno de estos movimientos musicales fueron en su momento, y son aún hoy, músicas totalmente distintas. Ahora, si queremos añadir una traducción más, en francés: Nouvelle Vague, la cosa se vuelve menos coherente todavía.
Nouvelle Vague nace hace unos años en Francia como un colectivo liderado por el productor Marc Collin quien agarró su libreta de teléfonos y convocó a cantantes femeninas de ambos lados del atlántico (entre ellas Camille), para que vinieran a grabar con él algunas versiones nuevas, medio chill-out, de clásicos del punk/new wave de los 70’s y 80’s, versionando en primer lugar temas de bandas como The Clash, Joy Division y Depeche Mode, entre otros, dando como resultado un buen disco para poner de fondo en cualquier fiesta animada (sin demeritar, que aún encajando en esa denominación, sigue siendo bastante bueno).
Para este año, Collin reduce el grupo, basándose en la gente que estuvo de gira los dos años pasados, y graba Bande A Part, un nuevo disco mucho más elaborado, saliéndose por momentos de la fórmula de moda (guitarra + percusión electrónica + voz femenina bonita) y llega un poco más lejos.
Ya todos nos habíamos dado cuenta de que Oscar no quería seguir estudiando Psicología, asi que un día, porque era mi amigo y porque me preocupaba la situación y porque mi imposibilidad física de sonreír me hacía encargado implicito de hablar los temas serios, lo invité a la cafetería para hablar (seriamente) con él.
El pidió café y yo un pastel Gloria, que es buenísimo en momentos como este. Entre pedazos de hojaldre que volaban aleatoriamente desde mi boca hasta sus ojos, orejas, fosas nasales, le dije, palabras más palabras menos, que a mi no me dijera mentiras, que yo ya sabía que él no quería seguir estudiando.
Él no pudo evitar arrugar cada uno de los rasgos de su cara como poniéndose en modo sorpresa. Cuando se repuso, me preguntó cómo era que me había dado cuenta.
Lo miré como quien mira y dice la verdad. Le dije que había sido por la forma en que ubicaba de manera alineada cada una de las yemas de los dedos de su mano derecha al agarrar la taza de café para dar un sorbo.
Nunca le dije que el detalle definitivo había sido su ausencia durante las cuatro semanas anteriores, como en un último intento de convencerlo de que la Psicología servía para algo.
El hecho de que hoy le haya deseado una derrota estrepitosa a Brasil en su partido mundialista contra Japón, no tiene nada de personal. El gesto obedece nada más que a mi eterna predilección por los equipos chicos, las causas perdidas y las papas fritas que se queman pero igual las echan en el paquete.
Una victoria de los japoneses contra los brasileños hubiera sido un momento histórico de esos que a uno le gusta vivir como esperando sentarse algún día en una silla mecedora a contar en forma de historia épica a los nietos.
Como prueba de lo anterior y para quitarme el estigma de antilatinoamericano, prometo que cuando se organice el mundial de fabricantes de televisores, yo seré el primero en vestir con orgullo la verde-amarela.
