22 Oct
Posted by: Juan Diego in: Música, Personal, Recomendaciones, Textos, Web 2.0
Los sonidos
Creo identificar una lÃnea que une a instrumentos musicales como el ukulele, el charango, la mandolina, el banjo y hasta el muy japonés shamisen. Producen un sonido que hace las veces de guitarra acústica y agregan un algo adicional que no sé definir que logra que la canción gane en calidez y hace la experiencia en general un poco más sobrecogedora. Ejemplo de esto puede ser la versión de Somewhere over the rainbow de Israel Kamakawiwoole, el jingle del comercial del beso de MercadoLibre (que no pertenece a ningún disco sino que fue una música hecha especialmente para el anuncio) e incluso un buen porcentaje de las canciones de Gustavo Santaolalla, que para ser precisos, están acompañadas por un pariente del charango, llamado ronrroco.

Acepto que el sonido de estas canciones (y de otras que no llegaron a mi memoria en el momento de escribir esta entrada) me pega en un punto débil que debo tener quién sabe donde y que se me reactivó cuando pasaba por kompoz.com.
La explosión
Un tipo en Amsterdam escribe una canción en borrador: sugiere una armonÃa en el piano y tararea una primera idea de la melodÃa. Como no le sale muy bien el inglés, no se anima a escribir una letra. De cantarla ni hablar, entonces “deja hasta ahÔ: graba las pistas y las sube a kompoz. Dos dÃas después, otro tipo en San Francisco toma la música de piano y graba encima una melodÃa corregida con una buena letra y una voz decente. La cosa ya suena bien y más gente se une. Alguien desde Sao Paulo se anima a sumarle baterÃa y aporta un toque exótico incluyendo algún instrumento de percusión usado por indÃgenas del Amazonas brasilero.
A eso muchos le dicen “canción”. Y mientras 50 ó 200 ó 1.000 personas por todo el mundo la escuchan en su iPod y la cantan en la ducha, hay unos 3 ó 10 tipos que siguen agregándole cosas. Sugerir estas formas de creación como un estándar a futuro es una idea pretenciosa pero sobretodo estúpida, sin embargo no deja de ser un método muy constructivo en cuanto a la creación y muy exitoso en cuanto a la difusión. Prueba de eso es que yo sea fan de un tipo que se hace llamar Phatmonkey que dice estar ubicado en un lugar llamado “Tring, Hertfordshire, United Kingdom”.
El ukulele de Phatmonkey
A Phatmonkey en la casa le dicen Ben, lo de llamarse Phatmonkey no es más que una excentricidad. Cuando niño era más bien inquieto y uno de sus rasgos caracterÃsticos fue esa increÃble habilidad para hacer ruido. Su papá, que era marinero y que casi nunca estaba en casa, le trajo en uno de sus viajes un ukulele que tenÃa unas palmeritas pintadas en la parte de adelante. Por su lado la madre, que sà tenÃa que aguantarse al niño a diario, odió el regalo. Para hacer más soportable el ruido infernal se vio obligada a contratar un profesor de guitarra con dedos pequeños que pudiera enseñarle en el ukulele dos o tres acordes coherentes con los cuales el niño pudiera jugar a hacer canciones.
Poco tiempo después, ya en la adolescencia, Ben se convirtió en el mejor intérprete del ukulele en su natal “Tring, Hertfordshire, United Kingdom”. Un par de meses más tarde se convirtió también en el único, luego de que descubrieran que el ukulele de Ralph Barkley no era un ukulele sino una guitarra de proporciones reducidas. Para muchos la diferencia entre los dos instrumentos hubiera sido obvia, pero hay que tener en cuenta que para esa época, en “Tring, Hertfordshire, United Kingdom” no sabÃan tanto de ukuleles como de molinos de harina.
Todo viene a colación
Phatmonkey escribió una canción llamada Year of the dog, grabó una pista de ukulele y una pista con la melodÃa para subirlas finalmente a kompoz. Doce personas hicieron luego algún aporte: le agregaron arreglos en piano, sumaron la percusión y remezclaron todo. Aquà entro yo: encuentro la canción, la escucho y me enamoro de como suena. Entonces reconozco el ukulele y creo identificar una lÃnea que lo une a otros instrumentos musicales como el charango, la mandolina, el banjo y hasta el muy japonés shamisen. También con el ronrrocó de Santaolalla, por cierto.
Phatmonkey - Year of the dog

Otra vez de noche en la oficina. Me lo repito como un mantra y casi hasta me hago un post-it que diga “si llego temprano es para no salir más de las seis” pero hoy las razones para quedarme son otras. La importante es que está lloviendo como acostumbra llover en Bogotá cuando es Halloween o Dia de las Velitas o cuando el calendario presiente que se va acercando a cualquiera de esas dos fechas.
Odio la lluvia vista desde abajo pero también de lado e incluso a través de una ventana. Opino que nadie deberÃa verse obligado a caminar bajo chorros de agua que caen como caprichosamente del cielo y me declaro incapaz de llamar a la tienda del barrio a que me traigan la leche y los huevos del desayuno mientras afuera está cayendo un aguacero.
Hoy, sin embargo, hay un airecito a tristeza que da como para salir caminando hasta Transmilenio (despacio como si no me importara) y dejar que me caiga encima el agua que me tenga que caer, pero al final no me animo. Supongo que hace falta ser un tipo más existencialista y oscuro, músico de pronto, gótico tal vez. O de repente tener más ropa de lana y al menos uno o dos discos de Silvio RodrÃguez…
La sola idea me aterra. Hoy mejor pido taxi.
Desde la semana pasada está circulando el nuevo comercial de Sony Bravia, que ya nos habÃa sorprendido un par de veces antes. Esta vez, bajo la dirección del argentino Juan Cabral cientos de personas trabajaron haciendo conejitos de plastilina y otros tantos en la producción filmada enteramente en stop-motion. La música de She’s a Rainbow de los Stones le queda de maravilla.
Un sólo defecto: los conejitos por la ciudad y hasta el tsunami, son una copia.
Via: gizmodo.es
09 Oct
Posted by: Juan Diego in: Blend, Desarrollo web
Hace dÃas, luego de actualizarme al Blend 2 September Preview intenté compilar y previsualizar proyectos existentes e incluso proyectos creados desde cero en esta versión del producto. Sin embargo, cada vez que trataba se me presentaba el siguiente error:
error MSB4126: The specified solution configuration "Debug|MCD" is invalid. Please specify a valid solution configuration using the Configuration and Platform properties
La única solución la encontré luego de un par de horas escarbando entre los foros y knowledge bases de Microsoft. Es tan sencillo como abrir el editor de registro (Win + R y ahà escribir Regedit) y ahà buscar la ruta llamada HKEY_LOCAL_MACHINE\SYSTEM\CurrentControlSet\Control\Session Manager\Environment y una vez allÃ, eliminar la variable PLATFORM. Luego de esto, cerrar el editor de registro y reiniciar la máquina.

Ir en bus de la casa a la oficina todos los dÃas me toma algo más de una hora normalmente. Algo más de tres cuando se me queda el iPod y algo más de cinco cuando se me queda el iPod y en su lugar hay vallenatos. Busco siempre ir sentado del lado de la ventana y si me dejan elegir, prefiero el lado occidental del bus para evitar el sol, que a esa hora no me hace nada bien. En el tiempo que dura el recorrido llego a tener hasta cinco compañeros de puesto. Me los cambian como diapositivas de Powerpoint sin darme tiempo de que les ponga mucho cuidado.
Me distraigo con lo que pasa afuera: hay una mujer joven, arregladita porque es viernes. Tiene pinta de ser “asistente de…” o “supervisora de…” o “asesora de…”. Mira desde el otro lado de la calle y sigue con la cabeza el bus que se le escapa. Va tarde para la oficina, parece. “Jueputa!” alcanza a decir. Uno puede no saber leer los labios pero aún asà darse cuenta en el silencio y a lo lejos cuando alguien pronuncia la palabra con “j”. El movimiento de los labios es único e inconfundible en casos como este y cuando Leider Preciado hace un gol por televisión.
Por la 116 hay una viejita en sudadera paseando a un french poodle o un french poodle paseando a una viejita en sudadera. Es difÃcil notar la diferencia de roles y lo único que se sabe a ciencia cierta es que hay una correa rosadita que une a la señora con el animal y viceversa.
En la 100 con Av. Suba están de nuevo los Wonder Bros y yo extraño mi cámara. Un par de veces me he sentido tentado a bajarme del bus a tomarles una foto. Son cinco hermanos negros haciendo malabares en el semáforo que se toma su tiempo en cambiar de rojo a verde. Los hermanos menores se montan en los hombros de los hermanos mayores formando pirámides humanas. Juegan con cuchillos y se lanzan objetos prendidos en fuego, todo sin aflojar ni por un momento esa sonrisa blanca perfecta envidiable. Terminan la rutina, hacen un gesto de reverencia con desgano y es su papá quien pasa de carro en carro recogiendo las monedas que quieran dar. Son como una versión criolla de los Jackson Five, con el papá explotador y todo.
Me bajo del bus y como siempre, el señor de los aguacates llegó más temprano que yo. Cuando paso por el lado veo como los saca de un guacal y los acomoda en una carreta que hace las veces de exhibidor. Me deja con las preguntas de siempre: ¿Quién necesita un aguacate a las 8:30 de la mañana? ¿a qué sabrán unos huevos con aguacate?
La primera canción que uno escucha de un músico (o artista o grupo o lo que sea) es definitiva para hacerse una idea de cómo suena el resto del disco. En el primer encuentro uno clasifica, juzga, se enamora o definitivamente descarta. Esa primera imagen es obra de los personajes de mercadeo de las discográficas que se sientan a hacer conjeturas acerca de lo que uno quiere escuchar y asà deciden por ejemplo cual será el primer hit del disco. Lo crÃtico del asunto es que cuando hay alguien tomando decisiones en nombre del oyente, puede estar ocultando cosas que le interesan y mostrando cosas que no y eso constituye un problema.

El de Natalia Lafourcade es un ejemplo de estos descaches del mercadeo. Su primer disco fue lanzado con un sencillo demasiado pop y a ella la presentaron como un hÃbrido feo entre Avril Lavigne y la Chilindrina. Con esto, lo único que consiguieron fue que pocos llegaran a tomársela en serio, aún cuando el resto del disco estaba lleno de canciones mucho más trabajadas y que podÃan resultar interesantes a un público quizás más amplio que el segmento de niñas entre los 13 y 16 años. Para el segundo trabajo la mexicana quiso sacudirse un poco de esa imagen y decidió dejar de ser solista. Con esa idea en mente, acogió a los miembros de la banda desde el principio: ellos tocaban y ella improvisaba melodÃas encima de todo. El resultado de ese proceso creativo fue más adelante depurado por Meme (tecladista de Café Tacuba), quien hizo de productor. Natalia por su parte se apoderó de una guitarra eléctrica, lo cual le sumó fuerza al resultado final y le dió un feeling mucho más rock a casi todos los temas del disco.
En ese punto, cuando las cosas parecÃan ponerse cada vez más interesantes, desmontaron el grupo y ella se fue a Ottawa a estudiar inglés. Allá estuvo perdida un buen rato y mientras el resto del mundo se la imaginaba comiendo libros, ella hacÃa canciones y salÃa por ahà a tocar en algún bar de la ciudad. Ahora se prepara para lanzar Las Cuatro Estaciones del Amor, su más reciente trabajo que es completamente instrumental (dato curioso y argumento para quienes no creÃan que ella fuera capaz de hacer música solita). Aunque de eso no se ha podido escuchar mayor cosa todavÃa, andan por ahi algunas canciones tocadas en vivo o grabadas de manera informal durante su ‘exilio’, que bien podrÃan hacer parte de un disco más adelante. Por ahora y hasta noviembre o diciembre, cuando esté disponible el disco nuevo, esto es todo lo que hay y no es poca cosa.
Natalia Lafourcade - Tiempo al Viento
Ver además:

Parece que nadie pudo poner un comentario para avisar que los comentarios no estaban funcionando. Pero nada, ya se han hecho los arreglos del caso, asà que cuando quieran son ustedes libres de aportar lo que consideren necesario.

HabÃa leÃdo hace rato que las mariquitas tienen siete manchas y que esa es una de las verdades invariables de la naturaleza como que los perros tienen dos orejas y las arañas ocho patas. Yo busco fotos y escarbo jardines y cuento pepas y siempre veo más de siete o a veces menos de siete pero nunca exactamente siete. Y cuento de nuevo porque quiero creer que la naturaleza en pleno ejercicio de su sabidurÃa se levantó un dÃa con ganas de dictar “he de poner siete manchas en cada mariquita de aquà hasta la eternidad y le va la madre al osado caprichoso que le ponga una de más o una de menos”. Quiero creer que esa verdad como todas las verdades se cumplen y que si las mariquitas de nuestros dÃas parecen tener más de siete manchas es porque el hombre es osado y caprichoso y la ciencia poderosa; y que lo único que podrÃa explicar la existencia de mariquitas con más de siete manchas es la alteración genética, como si inventar mariquitas de nueve manchas fuera a curar el cáncer.
