Tengo que dejar de soñar tanto en las noches. Últimamente despierto con dolor de cabeza cuando sueño. ¿Qué tanto puedo estar descansando mientras mi cerebro procesa imágenes, sonidos y personajes al ritmo que le exigen las películas mentales que se proyectan ahi dentro cuando duermo?
Indignante es el desperdicio. Las historias absurdas de la noche desaparecen en algún lugar entre las cobijas y las primeras gotas de agua de la ducha. Asi las cosas, hoy me propuse romper la rutina: cortar el sueño a la mitad, tomarme una aspirina y escribir. En este estado de conciencia la idea no es otra sino dar captura a los culpables de ya tantas mañanas en las que, por el dolor, se siente mejor no abrir los ojos.
Llueve, de eso estoy seguro. Creo que perdí mi teléfono en algún lado, a juzgar por esa sensación desesperante de vacío en el bolsillo derecho. Los sueños son una mierda, ¿por qué no meto la mano y salgo de la duda? Pues no, como si no tuviera manos. Tampoco recuerdo haberme visto las manos. Uno en los sueños parece no tener ese tipo de conciencia de sí mismo. No ve sus manos ni recuerda qué zapatos tenía puestos. Esto, claro, a menos que el sueño se trate de zapatos. Ahora estoy caminando bajo la lluvia. El agua no deja de caer y yo (o el yo de mis sueños que aparentemente tiene un espíritu más joven que el mio) tengo ganas de comer helado. Frutos rojos, pienso.
Me encuentro a Sun y a Yin, una pareja de novios coreanos adolescentes que me resultan familiares. Serán personajes recurrentes en otros sueños de esos que se fueron por el desagüe. Están bajo el mismo aguacero pero parecen mojarse menos que yo, curiosidad que en ese momento atribuyo a cosas de la raza. La lógica es esta: los negros son buenos jugando baloncesto y los coreanos son muy resistentes a la lluvia, casi impermeables.
Estos dos en especial, parecen andar siempre de pelea. Pero no pelean a gritos o a golpes. Ellos pelean quedándose callados mientras les cae mucha agua encima. Me acerco y Yin me reconoce y me saluda. Sun también me reconoce pero ella no me saluda porque me odia. Yo no puedo soportar que alguien me odie sin decirme por qué, asi que soy muy insistente en que me dé sus razones. Hablo con él y le explico que yo normalmente no le caigo mal a la gente de esa forma, le digo que todo debe ser un malentendido, algún gesto mio mal interpretado por ella. Él rompe el silencio de la pelea y traduce lo que digo a su novia, que no habla nada de español. Ella hace cara de Yoko Ono y eso para mí es un gesto universal que no necesita traducción. Claramente no está en plan de desenmarañar recuerdos hasta encontrar el punto en que me conoció, el punto en que empezó a odiarme como me odia. Le queda más fácil simplemente seguir odiándome sin recordar por qué, supongo.
Los invito a escampar en mi casa que está cerca pero se niegan. Siguen discutiendo en silencio y el agua agrega el dramatismo necesario. Se quedan ahí aparentemente indiferentes al clima. Lo hacen porque esto se trata de ver quién será el que aguanta más y quién será el que rompa el silencio y ceda sin importar nada, a cambio de que por favor vayan a buscar un techo y ropa seca. Dentro de ese esquema pretender continuar su discusión en condiciones menos húmedas sería ridículo.
Sigo caminando, veo mi casa y cae un rayo en un árbol sembrado en el jardín. Ahí todo funde a negro y luego está mi cuarto y el dolor de cabeza. Es lunes y da pereza levantarse. Hace frio y afuera se ve gris, de pronto llueve.
