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Si a uno le gusta The Office le gusta la versión original de la BBC, donde el jefe no era Steve Carell (que no lo hace mal) sino Ricky Gervais. Fue este señor, escritor y comediante inglés quien vendió su idea para que hicieran la serie también de este lado del océano. Y no contento con eso se vino con ella y gracias a eso cada vez es más fácil encontrárselo por ahi en una pantalla cualquiera.

Ahi está, por ejemplo, protagonizando Ghost Town. Es otra película para agregar a la lista de estar pendientes y que uno diría tiene futuro nada más por estar el tipo actuando al lado de Greg Kinnear y de Téa Leoni. Ya veremos. Por ahora el trailer, ojo al detalle de la cancioncita de los Beatles.

A principios de los 90 yo quería ser discjockey (ojo, no DJ, discjockey de radio). Vivir rodeado de aparatos, tener toda la música que quisiera, ir gratis a conciertos y que me pagaran por eso eran ventajas que superaban el ideal de lo que quería para el resto de mi vida. Yo quería ser discjockey pero no sólo eso: Yo quería ser Deysa Rayo, por razones que trascienden lo (tran)sexual y que explico a continuación.

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Deysa tenía un programa en Radioactiva que pasaba luego de la medianoche en el cual ella, quizás libreteada por alguien con mejor gusto (lo entiendo ahora), pasaba toda la música ‘rara’ que no cumplía con las condiciones para sonar en horarios más normales. Era esto un desfile de b-sides y de nombres raros que uno sabía, iban a sonar sólo una vez. Yo, ante el riesgo de que me gustara una canción y no pudiera escucharla nunca más, dormía con el dedo índice en el rec y el corazón en el play.

Lograr acceso a ese universo musical casi infinito, saber por dónde es que se llega a los tracks detrás del single y tener la posibilidad de compartir todo eso con la gente del otro lado eran, en tiempos de los Caballeros del Zodiaco, el poder más tentador que cualquiera pudiera venir a ofrecerme.

Luego llegó internet y nació el mp3 y todos tuvimos el poder. Evolucionaron las cosas para que pudiéramos tener acceso a la música que quisiéramos y de cualquier forma logramos que los demás se enteraran por el medio que fuera. No importa si son comentarios ocasionales, un tagline en Messenger, menciones al final de cada post, perfiles en last.fm, reseñas completas en nuestros blogs o incluso llegar a montar un blog de música o una emisora online. Todos escuchamos la mejor música del mundo y todos queremos que los demás se enteren de lo que se están perdiendo.

Es por esto que blip.fm nos resulta tan sexy. Se dieron cuenta de esos discjockeys noventeros que todos llevamos dentro y mezclaron lo mejor de los blogs, twitter, los playlists y las emisoras online para que todos podamos con un par de clics compartir la música que nos gusta. Si tratara de explicar este servicio para quienes no lo conocen, tendría que escribir un texto técnico que no tengo ganas de escribir, pero que valga esto como recomendación para que lo prueben.

Y mejor probarlo rápido. Blip por ahora es pequeño y no parece estar en la mira de las discográficas pero crece a un ritmo acelerado. Apenas asome su cabeza y quede a la vista del radar, morirá. Y asi será, porque las cosas funcionan así pero sobretodo porque sencillamente es demasiado bueno para ser verdad.

A propósito de oficinas, este video bonito de esta canción bonita que hace Gonzales, un señor que entre otras cosas es el responsable de la producción del disco anterior de la -más popular- Feist.

Oficina

Hace unos años cuando me volví un oficinista, reconocí en el día a día un patrón casi enfermizo. En su momento quise teorizar al respecto pero por ese entonces mis amigos estaban apenas en la universidad, así que si quería hablar de ‘cosas de oficina’ tenía que hablar con mi papá. Pero en ese momento hablar con mi papá no aplicaba por varias razones. La principal es que yo era un adolescente y los adolescentes no hablan con sus papás. Esto es una verdad especialmente cierta ahora que sabemos que todos los adolescentes son emos.

Para el que está lejos de ambientes corporativos voy a describir el panorama de manera bien detallada: en las oficinas la gente se desplaza. Del cubículo al dispensador de agua, del dispensador de agua al cubículo, del cubículo al baño, del baño al cubículo. Y repite. El número de repeticiones depende directamente de la cantidad de agua ingerida y el tamaño de su vejiga. En esos desplazamientos ocurren cosas de todo tipo pero concentrémonos sólo en este hecho: imagine la rutina anteriormente descrita, repitiéndose varias veces al día. Multiplíquela por el número de empleados de la empresa. Superponga las rutinas de todos los  empleados, con sus repeticiones, entrelazadas una sobre otra en un plano espacio-tiempo general, común a todos. Es así, los empleados se cruzan entre sí todo el tiempo.

Hay gente a la que no le gusta cruzarse con otra gente pero la realidad es que, aunque usted pretenda evadir el flujo de gente escabulléndose por un pasillo en remodelación o dando una vuelta más larga para llegar al baño, siempre se va a encontrar con la señora de contabilidad o con el señor que le ayudó el otro día a configurar la impresora. Es inevitable, no importa que usted sea un asocial declarado, no importa que usted sea el metalero de la oficina y nadie quiera dirigirle la palabra. Siempre, por lo menos, sus compañeros van a querer dar alguna señal y van a querer que usted les diga de alguna manera “reconozco su presencia en este momento, en este espacio”.

Todo el mundo parece necesitar ese gesto, esa señal. Es por eso que no basta con cruzarse. Cruzarse es fácil. El problema es saludarse. Y no sólo saludarse una vez, el primer saludo es un “Hola” y ya con eso basta. Pero cuando uno se cruza por segunda vez en el día con una misma persona ya el “Hola” no aplica y hay que volverse creativo. Es ahí donde nacen los apodos y los nombres recortados. Es ahí donde uno aprende a saludar levantando las cejas. Es ahí donde a su paso alguien le dice “ilustre!” y usted mecánicamente contesta “maestro!”. Entonces es el momento de alejarse preguntándose mentalmente “¿cómo hemos llegado a esto?”.

Kevin Smith es uno de los tipos más simpáticos e inteligentes que el pop ha puesto en mi camino y aunque se dedica principalmente a hacer cine, puedo cometer la vulgaridad de decir que me cae mejor cuando no está haciendo películas. Por supuesto que es una exageración decir tal cosa, pero para que se entienda un poco mi punto no está de más leer un poco su blog o, más entretenido aún, buscar en Youtube el momento exacto en que arrastra a Tim Burton hasta el ridículo.

Que en ningún momento se piense que no me gusta Smith el cineasta. Todo lo contrario, Chasing Amy es una de las mejores películas que recuerdo haber visto en los últimos 10 años y es una razón enorme para deberle gratitud eterna al tipo. Fue así que hace menos de un año me enteré de que estaba preparando su nueva película. Un segundo después de que hiciera público el título empecé a hacer la fila (imaginaria) para verla.

Zach and Miri Make a Porno - Poster

Zach and Miri Make a Porno, era el nombre en ese entonces y es el nombre ahora. Por esa fecha (finales del 2007) Smith buscaba a su Zach y a su Miri y escribió una entrada bien larga que (por divertida) vale la pena leer. En ese texto describe de manera hiperdetallada el proceso casi obsesivo de contactar a Seth Rogen (Zach) para convencerlo de hacer el papel protagónico. Luego de ese contacto vino una cosa que llevó a la otra y la magia ocurrió tan rápido que Zach&Miri ya está lista y paseándose por varios festivales.

Nosotros por lo pronto tenemos poco y nos conformaremos mientras tanto con lo que hay: el poster en JPG y un trailer que será el único adelanto existente hasta que internet haga lo suyo y sirva ese delicioso .avi en nuestros discos duros.

Que qué es la Fotomaratón me preguntaba la gente. Uno explica el cuento como se lo enseñaron: “es un evento de dos días que organiza el Fotomuseo y que convoca a profesionales y aficionados de la fotografía a salir durante un fin de semana a tomar 20 fotos que encajen en 20 temas previemente propuestos por la organización”. A quien muestra interés uno le explica además que lo anterior por supuesto funciona a manera de concurso, premiando a las dos mejores en cada categoría y exponiendo al final las 58 tomas más “interesantes” de la competencia en las exposiciones callejeras e itinerantes que organiza el museo.

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De ahí quedan por decir otras cosas como que el día cero a uno le dan un chaleco lleno de logos bonitos que le permiten pasar, fácil, por voluntario de Misión Bogotá o por reportero gráfico del mundial, de esos que se refugian de los balonazos detrás de las vallas publicitarias. El chaleco es una autorización de tipo textil para tomar fotos en nombre de Fotomuseo y crea en quien lo viste una falsa sensación de poder en una ciudad en la cual tomar fotos está mal visto, resulta sospechoso y es perseguido de manera mecánica y poco argumentada por figuras de autoridad que van desde el mayor de la policía hasta el vigilante del centro comercial.

Muy bien entonces por la iniciativa pero muy mal porque hoy es lunes y otra vez, sin chaleco, volvemos a la ciudad de las fotos prohibidas, de las fotos a escondidas. Hoy sigue uno otra vez con ganas de que alguien inteligente aparezca y le conteste en serio, con argumentos, por qué no está permitido tomar fotos por ahi. Cuando alguno de estos personajes con autoridad me para y me pregunta que para qué tomo fotos, yo hablo de mí: quiero tomar fotos de Bogotá y quiero publicarlas en internet por ego o por lo que sea. Quiero que las vea gente de acá y quiero que las vea gente de otros lados. Y que comenten lo que quieran o que no comenten nada, pero que al menos vean que Bogotá, Colombia no es una ciudad tropical y que aquí no vivimos en los árboles. Estamos ante una medida evidentemente ridícula y demostrarlo requiere apenas un detalle anecdótico: en un viaje reciente a Medellín lo primero que hice al llegar fue preguntarle a un policía si en su ciudad también estaba prohibido tomar fotos. El tipo apenas se rió y yo con eso entendí.

Todo esto es un desahogo importante porque el tema merece discusión, pero las cosas que se derivan de pasar dos días tomando fotos por ahí van más allá del permiso que significa el chaleco y son mucho más significativas que si me dejaron tomar fotos o que si la foto quedó bonita o que si me gané el premio o no. En estos dos días conocí el miedo detrás del clic de la cámara. Cuando uno quiere tomar una foto y no lo dejan, se encuentra con que la restricción viene casi siempre de la autoridad con miedo de que uno resulte estar en pre-producción de algún acto terrorista. Lo que se aprende de nuevo es que además ese miedo es el mismo que tiene el vendedor de artesanías de que la foto sea para robarle la idea de su producto y se parece al miedo de la señora de la plaza de Paloquemao de quedar mal “porque siempre sale fea en las fotos”.

La foto de arriba la tomó Marcos. Él tiene 11 años y le ayuda a su mamá a cuidar carros a la salida de una iglesia. En la foto aparecen Gabriela (su mamá) y John Pablo (su hermano menor). Marcos tiene ojo para la fotografía, le gusta especialmente fotografiar perros y dejar pegotes de dulce en el lente de la cámara. Gabriela, como la gente de la que hablaba más atrás, también tiene miedo. Luego de que hablamos se relaja, pero al principio, cuando ve el aspecto oficial de mi chaleco, piensa que la foto que le pido es para quitarle al hijo menor, John Pablo, que ya habla pero no habla. Él, como Silent Bob, parece que sólo abre la boca cuando quiere decir algo importante: recién me despido y voy caminando hacia el carro, se levanta y me pregunta “¿cuándo vuelve?”. Yo le dije que el otro mes, espero que no sea mentira.

El Dia Tigo es una promoción permanente que tiene este operador celular para sus usuarios en prepago. En estos días mágicos las recargas parecen dobles, los minutos se multiplican y el gasto que significa llamar resulta mucho más amable.

Dia Tigo en Twitter

Lo difícil siempre es saber qué día son esas promociones, especialmente cuando uno no escucha radio y ve poca televisión nacional. La gente de Tigo tampoco es que sea muy avispada en temas de Internet, así que la única forma de que usted se entere, por este medio, es ingresando al sitio y chequeando personalmete si hay o no promoción.

Con la necesidad en las manos y gracias a esa ilusión de poder que le da a uno tener idea de programación, escribí un bot bien humilde cuya única misión en la vida es hacer una consulta automática y anunciar vía Twitter a sus followers cuándo es día Tigo. Si la API de Twitter se encuentra estable todo lo demás marchará sin problema.

Si usted es usuario de Tigo pero además de Twitter, puede usarlo siguiendo al usuario @diatigo. Sobra decir que no hay nada que me vincule al operador más allá del contrato que firmé el dia que compré mi teléfono. Aprovecho desde ya para lavarme las manos frente a cualquier efecto inseperado del experimento.

Hace algunos días estuve explorando varias opciones para hacer prototipado de sitios y aplicaciones web. Hasta el momento he prototipado decenas de sitios y aplicaciones en varios niveles de fidelidad (desde wireframes hasta prototipos con diseño) con Fireworks. Sin embargo el programa de Adobe está hecho para mil cosas diferentes a hacer prototipos como tal y en este caso prefiero inclinarme por un software que prometa poco pero que lo haga bien. Así mismo descarté también Visio por ser una solución mucho más costosa y compleja de lo necesario.

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Probé un demo de Axure, una aplicación diseñada exclusivamente para realizar prototipos con la ventaja de que permite crear varias pantallas y realizar demos de la navegación entre ellas, exportando todo a un HTML fácil de explorar por el cliente. Sin embargo, aún con ganas de ver más, busqué en Delicious y me encontré con Balsamiq Mockups.

Balsamiq es una interesante aplicación desarrollada en Actionscript que es perfectamente capaz de correr como un swf embebido en cualquier web, y gracias a AIR, una versión ligeramente más trabajada del programa anda de manera transparente en mi WinXP como aplicación de escritorio. Esto, sin embargo, no es la característica más llamativa de Balsamiq: falta decir que lo que me conquistó fue su estilo. Como sería de esperarse en este tipo de programa, Balsamiq dispone de una librería de elementos adjuntables al lienzo via drag&drop o mediante una cómoda línea de comandos con autocomplete. La peculiaridad radica en que los trazos de estos elementos dan la sensación de haber sido rayados en borrador sobre un papel.

Este estilo le da una sensación de informalidad a los dibujos y genera una experiencia de trabajo más relajada, evitándole al diseñador de interfaces sufrir con la necesidad obsesiva de dejar todos los elementos perfectamente alineados entre sí. Al final lo que se obtiene es un software muy fácil de usar (lo que se traduce en velocidad) y una presentación que, anticipo, puede ser de ayuda a la hora de dejar más claro en los clientes (y diseñadores) el carácter de boceteado que hay en el proceso del desarrollo de prototipos.

Al final Balsamiq no es un software definitivo para nada, pero creo que puede servirle a muchos para trabajar ideas al menos en las primeras versiones. Además las características de usabilidad que tuvieron en cuenta sus desarrolladores son un ejemplo bien interesante de lo que puede hacer perfecta a una aplicación como esta. La ventaja está en la sencillez y los detalles pero los otros productos que compiten en el mercado no tienen ni idea.